martes, 19 de febrero de 2008

ORILLEROS, POLIMORFOS, TRASHUMANTES. LOS CAMPESINOS DEL MILENIO

ORILLEROS, POLIMORFOS, TRASHUMANTES.
LOS CAMPESINOS DEL MILENIO
ARMANDO BARTRA[1]

Lo peculiar de los márgenes es que son siempre el producto y el reflejo de algo otro que a menudo remite al centro, el cual se niega paradójicamente a reconocer su imagen en este espejo...
Es por esto que la respuesta analítica más común se resume por lo general en hacer un corte tajante entre la norma y el margen, entre centro y periferia, entre el capital y el resto. La cuestión campesina entra en este juego, puesto que justamente presenta de entrada todos los aspectos de la no modernidad...
La cuestión campesina puede ser el punto de partida para una reflexión sobre el funcionamiento de todo el orden social... porque está en el margen... y el margen, cuando ya no se le considera corno un apéndice o un desecho, aparece como lo que es... un momento de la reproducción de un orden general.
Claude Faure, El campesino, el centro y la periferia

La barbarie extramuros es mito fundación al de las civilizaciones globalizadoras. Porque los sistemas imperiales necesitan postular un más allá. Un ámbito salvaje al otro lado de sus fronteras donde el "orden natural" justifique tratamientos de excepción. Procedimientos brutales contrastantes con los buenos modos que se pre-sume imperan murallas adentro. Coartada y autoengaño, en realidad, pues por lo menos desde el siglo XVI, cuando el gran mercado engulle América, la barbarie ya no es más el horizonte de la civilización sino su cara oscura, su pesadilla, su clóset vergonzoso. Entonces el capitalismo real es también, y sobre todo, el de la periferia: gobernado a la mala, bolseado sin clemencia, diezmado por pestes, sacudido por la hambruna.
Pese a la ideología de fuerte apache que inspira las nuevas cruzadas imperiales, el hecho es que los hombres del tercer milenio compartimos una casa de cristal. Y la progresiva conciencia de la globalidad hace cada día más vano el mito de que a los "civilizados" los rodea una exterioridad premoderna: presunta territorio de salvajes irredentos a quienes es legítimo someter a cintarazos o "bombas inteligentes". Desacreditada la pretensión de que hay un adentro -el presente verdadero por antonomasia- y un afuera -algo así como el pasado congelado-, los bárbaros invaden las calles, la red y el imaginario de las metrópolis. Hoy la marginalidad interiorizada es patente y estentórea: sudacas avecindados en el norte, muchedumbres en incontenible éxodo austral, homosexuales desmecatados, insólitas rebeldías indias en línea, furor globalifóbico... Y con ellos resucitan los campesinos, emblema viviente de la centralidad de los orilleros y la actualidad de los anacrónicos.
I. Perversos polimorfos

Día a día, los campesinos hacen que los economistas se lamenten, que los políticos suden y que los estrategas maldigan, destruyendo sus planes y profecías...
Teodor Shanin. La clase incómoda
En el reino uniforme que el capitalismo trata de imponer al menos desde la primera revolución industrial, los campesinos son una anomalía: diversos por naturaleza, sustentan su polimorfismo perverso en múltiples y variadas ma­neras de interactuar con la biosfera. Porque mientras el sistema fabril es proclive a la especialización, la monotonía tecnológica y el emparejamiento humano, la agricultura es territorio de la heterogeneidad: variedad de climas, suelos, eco­sistemas y paisajes, que se expresa en diversidad productiva y sustenta pluralidad societaria y variedad cultural.
Desde un inicio el capitalismo apostó al emparejamiento de lo que es dispar por idiosincrasia y naturaleza: uniformó a los hombres con el overol obrero y desmontó los bosques nivelando los suelos para edificar me­trópolis, instalar fábricas y establecer vertiginosos monocultivos. En el campo, el saldo fue económicamente perverso, pues al privatizar recursos naturales variopintos, desigualmente distribuidos y escasos, el sistema del mercantilismo absoluto engendró rentas agrícolas: ganancias extraordinarias provenientes no de la inversión sino de la propiedad. No faltó quien las creyera herencia del viejo régimen; en verdad eran saldo de una contradicción insalvable: la resistencia de madre natura a la compulsión emparejadora del capital.
El sueño del capitalismo decimonónico fue hacer de la agricultura una fábrica: aten ida sólo a máquinas e insumos industriales y liberada por fin de los caprichos de la naturaleza. El uso del láser para nivelar suelos, la plasticultura, la hidroponia, los innumerables agroquímicos, las semillas mejoradas, el riego computarizado, la fertirrigación, la maquinaria agrícola asistida por técnicas de pro­gramación, entre otras innovaciones, revolucionaron paulatinamente el campo. Pero la profecía no se cumplió del todo sino a fines del siglo XX, cuando al descifrar el germoplasma, la biotecnología creyó haberse apropiado -ahora sí- de las fuerzas productivas de la vida, que en adelante podían ser aisladas, reproducidas, interveni­das y, sobre todo, patentadas.
El gran dinero anda de fiesta. Por fin el sector agropecuario está por librarse de la dictadura de la fertilidad, las lluvias y el clima, como de antiguo lo hicieron las demás ramas de la industria. Por fin podrá prescindir del terrateniente, del campesino y del burócrata, que fueron necesarios para medio ordenar una pro­ducción que no se sometía como las otras al autómata fabril. Por fin fue vencida la voluble naturaleza, empeñada por siglos en imponer su per­versa diversidad a un sistema que sólo florece en la monoto­nía. Y es que la nueva productividad depende cada vez menos de la heterogeneidad agroecológica, de modo que al irse independizando los rendimientos de condiciones naturales diversas y escasas, menguan también las rentas diferencia­les. Sobrepagos que en el pasado pervirtieron el reparto del excedente económico, haciendo necesario apelar al Estado y los campesinos corno alternativa al indeseable y costoso mo­nopolio agrícola privado.
Paradójicamente, la tendencial extinción de la vieja renta de la tierra coincide con el debut de la flamante renta de la vida. A la añeja privatización de superficies fértiles está sucediendo el agandalle de la diversidad de flora, fauna y microorganismos, ya no sólo secuestrando especímenes sino descifrando, intervi­niendo y patentando sus códigos genéticos. Ciertamente la biodiversidad, natural o domesticada, no puede cercarse o embalsarse -por algo ha sido siempre un bien colectivo y de acceso franco, cuya reproducción social está a cargo de las comunida­des agrarias- pero con el subterfugio de patentar "organismos modificados" es po­sible establecer alambradas virtuales en torno al genoma. Y no es poca cosa, pues se trata de un bien infinitamente más rentable que la tierra, del que hoy dependen la agricultura, la farmacéutica, los cosméticos y una porción creciente de la expansiva industria química.
Dejar la alimentación, la salud y el buen ver de la humanidad, en manos de un puñado de trasnacionales de la biotecnología, es un riesgo enorme. Pero preocupa aun más el que sus colosales e irrestrictos intereses nos impongan un modelo tecnológico según el cual, conservada la vida en forma de especímenes, tejidos y códigos genéticos, los ecosistemas biodiversos salen sobrando. Porque habiendo bancos de germoplasma ex situ ya no importa arrasar bosques, selvas y policultivos, para establecer vertiginosas plantaciones especializadas, ni preocupa que el genoma silvestre o históricamente domesticado se contamine de transgénicos (frankensteins odiosos, no tanto por su condición artificiosamente mutante como por lo imprevisi­ble de su comportamiento en libertad). Así, en el tercer milenio, además del empa­rejamiento de hombres, máquinas, tierras yaguas, nos amenaza el intento de uniformar la biosfera. Pretensión en la que nos jugamos el pellejo, pues la reproduc­ción de la naturaleza depende de la enmarañada diversidad biológica, de ecosistemas complejos siempre entreverados con la pluralidad social.
Las llamadas industrias de la vida son en verdad industrias de la muerte. Pero lo que en ellas se dramatiza no es sólo su propia irracionalidad sino también una de las tensiones mayores del sistema del gran dinero: la contradicción entre la uniformidad tecnológica, económica y social que demanda el orden del mercado absoluto y la insoslayable diversidad biológica, productiva y societaria, consustancial a la naturaleza y al hombre. Un conflicto sin duda radical, que sus críticos primeros apenas destacaron, quizá porque en el fondo compartían el optimismo emparejador del joven capitalismo.
En los tiempos que corren, restablecer la diversidad virtuosa es asunto de vida o muerte, pues a la urbanización e industrialización inmisericordes se suma una agricultura insostenible: deforestación exponencial, pérdida de suelos fértiles, escasez de agua dulce, monocultivos ferticidas, plagas resistentes, consumismo de agroquímicos, manejo irresponsable de transgénicos... y en esta encrucijada civilizatoria, los arrinconados campesinos piden la palabra y reivindican de nueva cuenta su modo de hacer. Porque cuando se trata de impulsar una agricultura sus­tentable que combine salud ambiental y equidad societaria, la empresa privada tuerce el rabo, mientras que en comparación los pequeños productores domésticos resul­tan un dechado de virtudes.
Las revaluadas ventajas de los labriegos ya no se refieren, como pen­sábamos en los años setenta, a su condición de productores de alimentos y mate­rias primas baratos, que al "transferir su excedente económico a través del intercambio desigual" sustentaron la industrialización. Atrás quedó la freudiana envidia de la plusvalía, que algunos campesinólogos le atribuimos gratuitamen­te a los rústicos, y con ella las laboriosas pruebas argumentales de que los agri­cultores domésticos eran tan explotados como los obreros. Quizá lo son, pero el problema de fondo es otro.
Los campesinos son indispensables, no porque "producen bienes bara­tos y sin subsidio", sino porque reproducen la diversidad social y natural, que es un valor de uso y no un valor de cambio. Los pequeños productores agrícolas -hoy se ve- son polifuncionales. Esto significa que su eficiencia y competitividad no deben valorarse sólo con base en lo que lanzan expresamente al mercado, sino también de bienes y servicios poco visibles en una óptica estrechamente mercantil. Por lo gene­ral ausentes de los análisis costo/beneficio, estas funciones son de índole societaria, cultural y ambiental.
Veamos algunas funciones de carácter social:
1. En un país con severos problemas de autosuficiencia, seguridad y soberanía labo­rales, forzado a exportar alrededor de mil 500 ciudadanos al día, la economía campesina genera empleos e ingresos a costos sustantivamente menores que la industria y los servicios.
2. Cuando México ha perdido autosuficiencia, seguridad y soberanía alimentarias, la producción campesina de básicos destinada al mercado nacional, local o al autoconsumo, reduce el riesgo de crisis de medios de vida y de hambrunas.
3. En el contexto de una sociedad rural desintegrada por el éxodo y la falta de opcio­nes, y un mundo urbano saturado de precaristas atenidos a la economía informal parasitaria, la economía agropecuaria doméstica fija a la población y fortalece la comunidad.
4. Frente a una producción rural tradicionalmente pulverizada, la nueva proclividad campesina a combinar labores familiares con actividades asociativas, genera economías de escala y refuerza la organicidad social.
5. Cuando el narconegocio deviene socorrida estrategia de sobrevivencia rural, res­taurar la viabilidad de la economía doméstica es la forma más barata de combatir el crimen organizado.
6. y sin duda la forma menos cruenta y más legítima de desalentar la guerrilla es fortalecer a campesinos y comunidades como punto de partida para la dignificación justiciera y democrática de la sociedad rural.
Otras funciones son culturales:
1. Si uno de nuestros mayores activos es la diversidad de culturas: autóctonas, migradas y mestizas, y si la matriz originaria de esta pluralidad es casi siempre de carácter rural y comunitario, habrá que reconocer en la econo­mía campesina el sustento material y espiritual de nues­tra identidad como nación.
2. Admitir la legitimidad de las reivindicaciones autonómicas de los pueblos indios supone también reconocer en la economía familiar, que mayoritariamente prac­tican, la base productiva de sus derechos.
3. Dado que la cultura popular no industrial incluye tanto productos artesanales como usos lingüísticos, políticos, jurídicos, religiosos, indumentarios, musicales y culinarios, así como prácticas y saberes agrícolas a veces ancestrales, su futuro depende de la revitalización de la comunidad y la economía campesina que la sustenta.
Y otras funciones más son ecológicas:
1. En tiempos de grandes disturbios ambientales que dramatizan los límites del mo­delo prevaleciente de producción y consumo, resaltan las virtudes de una econo­mía y una socialidad comunitarias capaces de mantener y desarrollar una relación más armoniosa con el ambiente.
2. Admitiendo que algunas prácticas campesinas ancestrales, como la roza-tumba y quema, dejaron de ser sustentables por la presión demográfica sobre las tierras disponibles, no cabe duda que los nuevos paradigmas ambientales -tanto los grises que impulsan tecnologías limpias, como los verdes que convocan a no violentar la capacidad de carga de los ecosistemas- están revalorando los aprovechamientos diversificados, el bajo o nulo empleo de agroquímicos y la escala productiva modesta capaz de adecuarse con flexibilidad a los variopintos requerimientos del ambiente, es decir, están reivindicando el diverso y cambiante pero terco y consistente modelo campesino de producción.
3. Cuando el agua potable, la atmósfera limpia y el suelo fértil devienen recursos escasos y cada vez más valiosos, contra los que atentan tanto los patrones tecnológico intensivos y uniformes como la compulsión lucrativa del capital, es necesario apelar una vez más él una producción campesina­ por naturaleza diversa y que antepone el bienestar a la ganancia.
4. Si el siglo XXI ya no ha de ser de los petroquímicos sino de las industrias de la vida basadas en la ingeniería genética, el recurso estratégico por excelencia será la biodiversidad; un bien que las trasnacionales Y sus bioprospectores extraen y patentan, mientras que comunidades y campesinos lo preservan Y recrean para su aprovechamiento franco y compartido.
Los saldos en justicia, pluralidad y ecología están ahí, pero el merca­do no los reconoce ni los retribuye. Apenas algunos servicios ambientales, como la '''captura de carbono", la "cosecha de agua" o la retención de suelos, han cobrado cierta visibilidad, pero los intentos de medir, cotizar y hacer efectiva su retribución están en pañales. En algunos casos se busca que las empresas contaminantes paguen estos servicios. En otras ocasiones los consumidores finales demandantes de bienes orgánicos, verdes, limpios y sustentables, o también justos y equitativos, y hasta indios, están otorgando sobreprecios, que en parte retribuyen las virtudes intrínsecas del producto y en parte premian la presunta equi­dad y amabilidad ambiental de su cultivo. Finalmente, a través del gasto público, los gobiernos destinan ingresos fiscales a contrarrestar la desigualdad social, impulsar las culturas autóctonas y preservar el ambiente. Sin embargo, ni el incipiente mercado de servicios ambientales, ni el módico consumo de productos justos y ecológicos, ni el parco gasto público en equidad, cultura popular y ecología, retribuyen signifi­cativamente las funciones socioambientales decisivas prestadas por la economía campesina y la comunidad rural.
Identificar, ponderar y cotizar estos múltiples servicios, es el primer paso. Pero lograr su justa retribución no será fácil, pues aunque parezca asunto comercial, reconocerlos afrenta a los principios del absolutismo mercantil; un sistema que no concede valor de cambio a bienes sociales, culturales y ambientales que no puedan ser privatizados y por ende lucrativos. Admitir que la sociedad debe retribuir el fortalecimiento de valores como la equidad, la armonía y la diversidad cultural, o que debe pagar por la preservación y restauración de bienes, que por otra parte se rei­vindican como colectivos y no privatizables, como los recursos naturales y la biodiversidad, es un hueso duro de roer para los integristas de la libre concurrencia. Por fortuna las evidencias de que se avecina una catástrofe ecológica y los síntomas de que la marginalidad urbana y rural están a punto de reventar, han hecho visibles, las virtudes campesinas.
Por décadas reivindicamos el derecho de los rústicos a existir alegando que podían ser tan "eficientes" como los empresarios. Batalla perdida, pues en términos de rendimientos técnicos directos y rentabilidad eco­nómica estrecha, la brecha entre la pequeña agricultura doméstica y la privada se ha venido ensanchando. Tanto así, que para algunos los cam­pesinos ya son una clase innecesaria y prescindible cuya inminente ex­tinción hay que celebrar. Hoy el debate debe replantearse: quizá los productores domésticos no son tan "eficientes" como los empresarios del campo si los medimos con la vara de la empresa privada, pero sin duda lo son infinitamente más si ponderamos su impacto sociocultural y ambiental, rubros donde el agronegocio de plano sale reprobado. ¿Pero aún habrá campesinos cuando, por fin, se decida premiar sus servicios? ¿El éxodo incontrolable no está acabando con lo que restaba de la comuni­dad rural? Probablemente los habrá, pues los labriegos y en especial los indios, no sólo resultaron polimorfos, también transterritoriales y ubicuos.
II. Campesinos en tránsito
Tú llegas a una sociedad como la estadounidense, bien cosmopolita, y de re­pente te preguntas: "Quiénes sornas nosotros. Quién soy yo en este país. ¿Mexicano? Esto está muy general". Y luego los propios mexicanos te dicen: "Eres de Oaxaca o oaxaquita", quiérase o no. Pero no soy de Oaxaca, así nomás, yo soy de un lugar y vas ubicando... Luego yo creo que hay un cambio... en la forma de ver la identidad: un poco más global no tan reducida a tu pueblito o región...La migración nos ha dado cierto sentido de solidaridad para defender nuestros derechos... Los triquis migrantes, mixtecos, zapotecos..., hemos encontrado nuestro espacio al salir de Oaxaca. Hay unión de todos nosotros.
Desde los sesenta comienza la migración al noroeste... donde nos empiezan a decir "oaxaquitas" o "oaxacos". en términos despectivos esto nos llena de coraje. Había que reivindicar el nombre de oaxaqueño.., y binacional, porque estamos en dos países... Fue así como decidimos... (ponernos) Frente Indígena Oaxaqueño Binacional.
Arturo Pimentel, dirigente del FIOB

La imagen de una comunidad indígena mesoamericana cerrada, introvertida y conservadora, que describen antropólogos como Eric Wolf, probable­mente fue válida hasta los cincuenta, pero en la segunda mitad del siglo XX, los poblados étnicos intensificaron notablemente sus intercambios disruptivos con el exterior, tanto de mercancías como de personas. Sin duda el saldo fue la paulatina descomposición de un agregado humano que sacaba fuerzas del enconchamiento y la, desconfianza en la innovación perturbadora. Pero ésta no fue la única resultante, mientras que unas comunidades se erosionaban, otras se adaptaron, sobrevivieron y hasta embarnecieron en el trance, al asumir el oportunismo y la plasticidad como estrategia, pero conservando el núcleo básico de cohesión.
Después de los sesenta del siglo pasado, se intensifica y hace más remota la migración desde el sureste campesino e indígena, y la trashumancia deviene clave de las mayores mutaciones comunitarias. El peregrinaje estacional en vaivén, que ya se daba a las costas más o menos cercanas, se extiende del sureste a los valles agrícolas de Sonora, Sinaloa y Baja California, en el último cuarto del siglo la migración proveniente de la Mesoamérica raigal cruza atropelladamente la frontera, primero a las cosechas de California y luego a las ciudades. Y cuanto más profunda es la incursión, más tiende a ser definitiva, de modo que muchos de los jornaleros sudacas que llegan al noroeste y a los Estados Unidos, se establecen en las regiones de trabajo.
La migración distante y prolongada no sólo altera la fisonomía de los lugares de destino, también modifica profundamente la economía, socialidad y cul­tura de los poblados de origen, con quienes los trasterrados conservan lazos estre­chos. Y sobre todo revoluciona a la comunidad, que al desdoblarse en sucursales remotas deviene multiespacial, discreta, binacional.
En esta suerte de globalización plebeya que es el éxodo, los nuevos nómadas se echan al morral la identidad y los pueblos dislocados se organizan por encima de distancias y fronteras. Así, los campesinos del milenio devienen trans­territoriales y ubicuos. Y sin embargo, en un sentido profundo, permanecen cam­pesinos, pues para las comunidades a la intemperie preservar la identidad es cuestión de vida o muerte.
La irrefrenable compulsión migratoria, resultante de una larga crisis que acabó con el empleo, el ingreso y la esperanza de pobres y no tan pobres, ha hecho de México una nación peregrina. En particular los campesinos -de suyo pata de perro- se la viven en el camino. Pero el nomadismo cíclico e incluso la diáspora, no significan olvido y muerte de la comunidad originaria sino fundación de una nueva comunidad salteada.
La escala del fenómeno es inmensa. Hay en México alrededor de 4 mi­llones de jornaleros, en su mayor parte migratorios: en Sonora se emplean unos 150 mil trabajadores agrícolas estaciona les, 100 mil en Baja California y por el estilo en Sinaloa. Asalariados a tiempo parcial que al principio bajaban de las zonas serranas de las mismas entidades, después llegaron de Oaxaca y ahora vienen principalmente de Guerrero, aunque ya empiezan a arribar los chiapanecos expulsados por la crisis del café. El gran flujo migratorio del Pacifico, al que se suman anualmente unos 60 mil trabajadores guatemaltecos, es el principal; pero hay muchos otros, algunos altamente especializados: las cortadoras de mango que antes trabajaban en cam­pos cercanos a su pueblo, ahora recorren un circuito que empieza en Tapachula, Chiapas, y luego recorren las huertas de Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Calima, Nayarit y Sinaloa.
Y ya estando en el camino, pues de una vez on the (oad. "¿A dónde irás que más valgas?... Al gabacho ¿Qué no?", reflexionan los jóvenes carentes de porvenir en Mexiquito. Antes se iban casi puros campesinos fregados; ahora ya no, la mayoría de los nuevos migrantes tiene un poco de dinero y algunos estudios. Pero aun así, la diáspora rural es enorme, quizá la mitad de esa patria trasterrada, que en números gruesos representa a 20 millones de mexicanos - 20% de la población nacional-, de los cuales cerca de la mitad nacieron en México, y la mitad de esa mitad son indocumentados.
La desbandada es cada día mayor. Según Conapo en 96% de los muni­cipios mexicanos hay cierta "intensidad migratoria" hacia los Estados Unidos, pero en estados como Zacatecas, Durango, Aguascalientes y Michoacán, entre 60 y 70% de los municipios presentan tasas altas y muy altas de migración. En estas entida­des, así como en Jalisco y Guanajuato, el flujo poblacional a Estados Unidos es histó­rico; sin embargo, en los últimos años, regiones indígenas más profundas, como las mixtecas (poblana, oaxaqueña y guerrerense), el sur de el Estado de México y de Morelos, el norte de Guerrero, el sureste de Puebla y más recientemente el centro de Oaxaca y el centro-sur de Veracruz, se han incorporado a la diáspora.
Dicen que la distancia es el olvido, pero los migrantes rasos no conci­ben esa razón. Siempre solidario, el sector más pobre de los transterrados envía dinero a sus familiares varados en México. No es poca cosa; el año pasado fueron más de 9 mil millones de dólares, lo que hace de la exportación de connacionales la cuarta fuente de divisas, sólo superada por el petróleo y el conjunto de las manufacturas, pero muy por encima del turismo, el sector agropecuario y el extractivo. Un flujo, centavero quizá, pero mucho mayor que la nueva inversión extranjera directa, por la que tanto nos afanamos. En el último lustro las remesas han venido creciendo a una tasa de 11 % anual, y de ellas dependen directamente 1 millón 250 mil hogares, es decir alrededor de 6 millones de personas, 6% de la población. Y muchas de estas familias que viven con el alma en un giro son rurales, campesinos que encuentran en los envíos en dólares un ingreso más seguro y abundante que el gasto público agropecuario, pues en los últimos años las remesas superaron ampliamente el total de los recursos fiscales que se gastan en sostener a la Sagarpa, más los que se canalizan a Alianza para el Campo y Procampo.
En verdad es un toma y daca. Los trasterrados retroalimentan a sus pueblos natales con dinero, artilugios electrónicos e influencias culturales del gaba­cho, pero tienen en ellos una entrañable retaguardia que los dota de raíces, de identidad. Y por eso, todos los años, un millón y medio de personas, 15% de los nacidos en México pero residentes en Estados Unidos, regresan de vacaciones a sus enfiestados pueblos natales, en una suerte de efímero y recurrente milenio chiquito que los reintegra brevemente a la edad de oro y a sus orígenes. Sentido de perte­nencia que es bagaje indispensable, sobre todo cuando se vive en las entrañas del monstruo.

Las comunidades no se disgregan, se extienden, se replican por metás­tasis. El resultado es un espacio distendido y topológico: una superficie social que conserva sus propiedades por más que se estire o comprima. Pero multinacionales no fronterizas no sólo se estiran, también se fragmentan, y sus seg­mentos distanciados, más que a la topología remiten a una geometría de la con­tinuidad.
La condición dislocada de las comunidades que dispersó la diás­pora define territorios distendidos y desgarrados: espacios no euclidianos que se avienen mal con las mojoneras y cartografías convencionales. Dilata­dos colectivos, que aun salteados y discontinuos, delimitan un adentro y un afuera, mantienen la cohesión, elevan la autoestima... Los nuevos gitanos migran con "el costumbre" a cuestas, pero pelando bien los ojos y asumien­do con prestancia las novedosas coordenadas de los lugares de destine. Sin embargo las comunidades transterritoriales desperdigadas siguen definien­do su propio espacio/tiempo interno. Hacia adentro las reglas y los relojes que se emplean para medir distancias sociales, procesos de cambio y ciclos históricos, provienen de la comunidad originaria. Y -corno nos enseñó Einstein para la física- esta asincronía de los relojes y desproporción de las reglas es más fuerte cuanto mayor es la velocidad relativa de un sistema respecto de otro. Porque ocurre con frecuencia que las comunidades más movidas son también las más diferentes y cohesivas.

Cohesión que no significa enconchamiento inmovilizador sino recep­tividad y adaptación. Una comunidad fuerte no es dura, rígida, cerrada y resisten­te al cambio, sino flexible, dinámica, oportunista, mudable. Y muchas de estas mudanzas van en el sentido de aglutinar al colectivo fortaleciendo y reinventando su identidad.
El comunero errante es un ente peculiar, mágico. Con frecuencia salta de uno a otro segmento de su dilatado hábitat, que pueden distar miles de kilóme­tros, como quien va aquí nomás, a casa de la abuela. Puede concelebrar las festivida­des tradicionales del terruño sin tener que salir de su nuevo asentamiento, pues por remotas que sean las sucursales devienen parte constitutiva de la comunidad origi­naria. Más aun, puede ocupar simultáneamente diversos cargos y lugares sociales en el colectivo disperso, porque en los grupos cohesivos quien se va a la villa no pierde su silla. Y es que en la comunidad discreta hay una suerte de relativización de la lejanía o indiferencia a la distancia, que con una ayudita de los nuevos medios de comunicación, permite abolir el cerca y el lejos. La politopía es, en fin, una forma, de sobreponerse al desgarramiento migratorio, de resistir.
Los comuneros del éxodo -a los que Michael Kearney llama "polibios" por analogía con las especies que son a la vez terrestres y acuáticas- son ubicuos e intercambiables. Los que se quedan despiden a los que se van, "como si se despidieran de ellos mismos", dice José Saramago de ciertos viajeros, en su novela La balsa de piedra. Y de esta manera, los comuneros de la diáspora sacan fuerza de la adversidad.
Gracias a la politopía de los que se van sin irse y la terca multifuncionalidad de los que quedándose no se quedan del todo, los campesinos son aún nuestros contemporáneos. El olor a leña y mazorcas asadas todavía es el aroma de la patria. Habiendo modo, los mexicanos rasos del tercer milenio seguimos comulgando con tortillas y sal gorda, acuclillados en torno a un ardiente y democrático sol de barro.


Bartra, Armando (2002). Orilleros, polimorfos, trahumantes. Los campesinos del milenio. En: Revista de la Universidad de México (Universidad Nacional Autónoma de México). Año: 2002. Número: 612. págs. 13-23
[1] Antropólogo. Autor de México bárbaro, ERA ;México, 2001

3 comentarios:

Valentina Glockner Fagetti dijo...

Hola!! Me gustó mucho tu blogg y los documentos que tienes publicados! Quisiera invitarte a que conozcas el trabajo que hacemos un grupo de niños mixtecos migrantes y jornaleros, y yo! www.kundaluna.blogspot.com Visítanos!! Nos gustaría mucho intercambiar puntos de vista e información!

Atte. Valentina Glockner

Ghiselle dijo...

Hola!
Estoy tratando de buscar información de los migrantes guatemaltecos que se insertan al mercado laboral a través de los diferentes sectors agrícolas en México.
Me gustaría hacer mi tesis de eso sin embargo, no encuentro mucha información al respecto y ya que tú mencionas que hay como 60 mil a lo largo del Pacífico, quisiera saber ¿dónde obtuviste tus fuentes?
Muchas gracias!

Atte. Cristina Nájera

Muhammad YASSER dijo...

el tema es profundamente interesante! te dejo mi email para pasarte bibliografia edgarcaballerom@gmail.com